La eterna niña

Su vida, mejor dicho, su muerte, se ha convertido en una leyenda. Los lugareños de Nogales, un poblado en Veracruz, “aseguran” haberla visto, por las noches viene del más allá para continuar con sus juegos, con sus rondas infantiles que la muerte le interrumpió…

Esta es la historia de Geliquita, una niña que murió el 30 de abril de 1976, cuando ella tenía apenas 12 años de edad. Si viviera, tendría 47 años.

A pesar de que Geliquita, como la llamaba su mamá, ya no pertenece a este mundo, es como si aún viviera, pues su corta historia infantil, su corta vida ha traspasado el tiempo…

En el cementerio no solo descansan sus restos, pues a diario retoza por entre las tumbas, juega, salta, brinca como cualquier niño alegre, según dicen. La gente “la ha visto jugar” dentro de su casa de muñecas, la que su madre le erigiera a manera de tumba.

A todas horas, ya sea por las mañanas, por las tardes o por las noches la música suena, el clima no importa, pues cuando hace frío o calor, cuando baja la neblina, incluso con la lluvia las canciones infantiles no dejan de escucharse en el interior del mausoleo.

Ahí en la casa de muñecas, su tumba, todo está dispuesto para que ella “juegue” con sus muñecas Barbie, la cuerda de saltar, los “juegos de té”, la pequeña vajilla, la estufita, las pelotas, las sillitas y con su grabadora que toca y toca sus canciones favoritas, las que tanto le gustaban cuando a pesar de su enfermedad, parálisis cerebral, mantenía los ánimos para divertirse como la niña que era.

María Angélica su verdadero nombre, nació el 21 de noviembre de 1963, era una niña muy amada por su madre; un amor filial que venció el tiempo, el sacrificio, a la enfermedad. Un amor de madre que permanece entre quienes la siguen queriendo: sus tías y sus primas, quienes saben de su existencia por las fotos que les muestran o por los relatos que escuchan de sus mamás.

Guadalupe se llamaba su madre, quien también murió y descansa junto a ella, mientras vivió la “cuidó” y nunca la dejo sola. Tras la muerte de Geliquita, todos los días la iba a visitar a su tumba, ahí permanecía hasta que la noche caía. Lloraba amargamente su partida.

Cuando Geliquita tenía cuatro años de muerta, doña Guadalupe la exhumó para llevarla a su nueva morada, la cual mandó construir como casa de muñecas; en donde pasaba los días adornándola con muñecas y juguetes de su hija, escuchando las canciones infantiles que tanto le agradaban; le platicaba y le tocaba el órgano.

Nunca dejo de “convivir” con ella. Y así doña Guadalupe, quien era viuda, se pasó gran parte de su vida en el panteón en “compañía” de su hija muerta, hasta que un día se fracturó la cadera y también la muerte la sorprendió. Falleció de cáncer pulmonar.

 Como los grandes amores que perduran por siempre, la niña sigue siendo muy querida entre sus familiares. Ahora sus tías, primas y las hijas de sus primas, cada fecha importante la visitan en el panteón, pasan las horas jugando en la casa de muñecas. En su fecha de cumpleaños, Día del Niño, Navidad y Reyes Magos le organizan una gran fiesta infantil con juegos, regalos, gorritos, serpentinas, pastel.              

Ya no es doña Guadalupe la que “cuida” de Geliquita, ahora son sus familiares las que mantienen en buen estado el mausoleo: limpian, sacuden, cambian las cortinas y nunca dejan que la música pare.

        El amor a través de sus tías y primas, es la herencia que su madre, doña Guadalupe, le dejo a María Angélica. Durante 35 años, la eterna niña, aún cuando su madre ya no la visita en su tumba, nunca ha estado sola en aquella casa de muñecas. La consigna de doña Guadalupe al morir fue que nunca la dejaran sola, que siempre la visitaran.

Y así lo han de cumplir. Después serán las hijas de las hijas de las hijas de sus tías, las que vayan con ella a “jugar”. HC.



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