Las Poquianchis, una historia de terror

SERIE “Escalofriante”

Por SILVIA Gutiérrez.

A finales de la época de los cincuenta y principios de los sesenta ser mujer representaba un peligro y si eran jóvenes y bonitas aún más, pues niñas de doce, trece y catorce años, bajo engaños, eran “contratadas” para trabajar en labores domésticas o en el peor de los casos eran raptadas para ser reclutadas en un rancho en Guanajuato, donde eran obligadas a trabajar como prostitutas, donde una vez que entraban no salían vivas.

En el poblado de San Francisco del Rincón, Guanajuato, se desarrolló una de las historias más aterradoras de México, protagonizada por cuatro hermanas Carmen, Delfina, María Luisa y María de Jesús Valenzuela, mejor conocidas como “Las Poquianchis”, estas mujeres, mejor dicho “lenonas” no tuvieron piedad por ninguna de las jovencitas que cayeron en sus redes. Todas eran maltratadas, violadas y explotadas, nadie escapaba a su maldad.

Al quedar huérfanas las hermanas Valenzuela decidieron emprender un negocio, pero no se trataba de cualquier negocio, pues primero pensaron en uno que les dejara buenas ganancias y qué mejor que el de una cantina, donde hombres adinerados, campesinos, jornaleros e, incluso, elementos policiacos iban a gastar su dinero, que algunos obtenían fácilmente, pero para otros representaba el esfuerzo de muchas horas de trabajo.

Delfina, la hermana mayor, inició “el negocio” en su pueblo natal y después de ver que prosperaba abrió una sucursal en Lagos de Moreno, Jalisco, pero en este establecimiento además de vender “tragos” ofrecía otro servicio, rentaba cuartos para aquellos que deseaban tener intimidad con las prostitutas que acudían al lugar a ofrecer sus servicios. El establecimiento operaba en la clandestinidad, pero tiempo después otra de las hermanas, Carmen, le sugirió a Delfina que regularizará el negocio y de esa manera, funcionó durante varios años y sin problemas el burdel más famoso de la zona “El Guadalajara de Noche”.

En este burdel trabajó “El Tepo”, hijo de Delfina, quien se encargaba de supervisar a las sexoservidoras y vigilar que los clientes no provocaran pleitos. Cierto día se presentaron las autoridades para clausurar el inmueble, a petición de los lugareños, pero cuando “El Tepo” salió a enfrentarlos,  fue acribillado. En venganza Delfina mandó a matar a los asesinos de sus hijos y por temor a represalias tuvo que cerrar el lugar y regresó con su hermana Carmen a Guanajuato.

Una vez establecidas en su estado natal, se unieron a su otra hermana, María de Jesús, quien también se dedicaba al lenocinio. A partir de entonces Delfina y María de Jesús hicieron mancuerna y abrieron un local, donde reclutaban a jovencitas para trabajar en el burdel.

Al ver que el negocio prosperaba decidieron comprar otro local en San Francisco del Rincón el cual pertenecía a un homosexual a quien apodaban “El Poquianchis”, mote que heredaron las hermanas. De ahí que todos las conocieran como “Las Poquianchis”.

Tras el auge y el éxito de estos negocios en aquella época, las autoridades se dieron a la tarea de cerrar todos los burdeles, lo que no agradó a las hermanas Valenzuela, pero una de ellas propuso a las otras que compraran un rancho y desde ahí continuarían su negocio.

La hermana menor Eva quiso independizarse y decidió radicar en Tamaulipas, donde ella puso su propio negocio, un burdel más y pidió a sus hermanas que le mandaran “carne fresca” para sus clientes.

María de Jesús se encargaba de recorrer los poblados cercanos y hasta los más apartados para reclutar a jovencitas con las promesas a sus padres de que trabajarían como sirvientas, sin embargo, eran llevadas a su rancho, donde eran “inspeccionadas”, pues de acuerdo a la “mercancía” los clientes pagaban por las mujeres.

La ambición de las hermanas Valenzuela cada día iba en aumento, pues a través de este negocio sabían que sus ganancias estaban garantizadas. Las jovencitas que eran  “contratadas”, primero eran violadas por los incondicionales de Delfina y María de Jesús, muchas eran todavía unas niñas, no obstante rápidamente iniciaban contacto sexual con hombres mayores que ellas. Algunas al quedar embarazadas eran obligadas a abortar; las que llegaban a tener a sus hijos, en cuanto nacían los mataban, pues no se podían dar el lujo de dejar “el trabajo”. Delfina y María de Jesús no tenían piedad por esas mujeres; las explotaban y cuando ellas decidían que ya estaban viejas para el negocio las mataban.

Fueron decenas de mujeres que sufrieron los maltratos físicos de sus “cuidadores”, pues además de los golpes no estaban bien alimentadas, sólo comían cinco tortillas y un plato de frijoles al día. Esa era su dieta para “rendir” todo el día en el trabajo.

Algunas de las prostitutas tuvieron que entrar al juego de las lenonas para salvar su vida, se convirtieron en asesinas y celadoras de sus compañeras. Tenían instrucciones de aquella que se sublevará o no cediera a los caprichos de los clientes era golpeada cruelmente. Muchas morían debido a los golpes.

Y como dicen nada es para siempre, una de las víctimas logró escapar y denunció a las lenonas ante las autoridades. Al escuchar la policía las atrocidades de estas mujeres, fueron al rancho, donde el escenario que descubrieron fue aún mayúsculo. En un cuarto estaban hacinadas las mujeres, todas con signos evidentes de desnutrición y maltrato.

Al conocer los lugareños de las atrocidades que cometían “Las Poquianchis” querían lincharlas, pero la policía lo impidió  -aunque era lo menos que se merecían-, fueron resguardadas por los elementos policiacos.

Las hermanas Valenzuela narraron a la policía los lugares donde eran enterradas las mujeres, así como los cientos de fetos y niños que nacieron en ese lugar. Por esos hechos fueron condenadas a 40 años de prisión, sentencia máxima en aquellos tiempos.

Sin embargo, después de algunos años María de Jesús salió de prisión y desapareció sin dejar rastro; Carmen murió de cáncer en la prisión; Eva fue arrestada en Matamoros y terminó recluida en un manicomio; Delfina, la hermana mayor, quedó recluida en la cárcel de Irapuato, donde sufrió un accidente cuando unos albañiles remodelaban la prisión: dejaron caer accidentalmente un bote de cemento sobre la cabeza de Delfina, quien falleció luego de 15 días de agonizar en el hospital de la cárcel.

Tras la captura de estas mujeres se supo por versiones de las testigos que “Las Poquianchis” además de la prostitución, ejercían el culto satánico, la zoofilia y traficaban con carne humana, pues las mujeres que mataban las descuartizaban y la carne la vendían por kilo en el mercado.

Esta historia de terror en México fue plasmada en el libro “Las Muertas” de Jorge Ibargüengoitia, así como en la película que lleva su mote “Las Poquianchis”, de Felipe Cazals.

Los periódicos de aquella época narraban los hechos y calificaron a estas mujeres como “Despiadadas torturadoras”, “infernales”, estos nombres se quedaron cortos a los calificativos que se merecen, pues ni siquiera se les puede llamar personas. HC.



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